Al Ritmo del Tubo
Cuando las manecillas del reloj marcan poco más de las 11 de la noche, Chetumal se erotiza, se transforma al ritmo de la sensualidad de bellas damiselas que hacen estremecer a un público deseoso de algo más que un cachondeo conversacional y unos cuantos tragos.
“La Perla del Caribe”, “Leo's Bar”, “Las Tías“, “Bar Corona”, “Shampoo”, “Los Globos”, “El Capirote”, “Manhattan” y “La Isla de Tris”, son algunos de los sitios en donde cualquier mortal puede transportarse a dimensiones desconocidas de la mano de éstas “aves de paso“, como las denominó Joaquín Sabina en una de sus más polémicas obras del siglo XX.
En medio de la moda que envuelve a todas las urbes del mundo, la capital del Estado de Quintana Roo no está exenta de la fiebre de ese negocio de ganancias millonarias con el que muchos sueñan despiertos: El table-dance.
Si bien para algunos esta atractiva modalidad de diversión nocturna es producto de la transculturización que ha sufrido nuestro país en los últimos años, principalmente por la influencia norteamericana, lo cierto es que ha existido desde siempre, aunque eso sí, antes no había “tubos“ y las características del desnudo de las mujeres era “mucho más artístico, más erótico, más trabajado“, según declaró en su oportunidad Rosy Mendoza, una de las favoritas de aquel cine de “ficheras“ que tanto auge tuvo allá por los años 80`s.
LA HISTORIA
Los “tables“ tienen su origen en los burlesques o cabarets de los años 30´s y 40´s donde trabajaban las llamadas "pastillas", como se les denominaba a las mujeres que alternaban con los parroquianos incitándolos a consumir más bebidas de lo normal.
Con el paso del tiempo las "pastillas" cambiaron de nombre y se les empezó a llamar “ficheras“, ya que a cada una de ellas se les entregaba una ficha o un boleto por cada bebida o botella que lograban de cierta manera “vender“.
En la actualidad, la labor de las "ficheras"ya no se circunscribe a platicar con el cliente y bailar con él, sino que muchas de ellas en la mayoría de las veces, acceden a “convivir“ con ellos en algún hotel de paso, en el automóvil o en sus propias viviendas, a cambio de una remuneración económica que puede variar según el caso de que se trate. Ahora bien, en la década de los 50's, dicen los “estudiosos“ del tema, los bailes de las "ficheras" -junto con su vestimenta y su actitud-, comenzó a evolucionar y se volvió más provocativo, dando a luz a lo que se conoce popularmente como el “meneadito“, una modalidad del danzón que consiste en mover la cadera “llamando al deseo, exaltando los sentidos“.
En este sentido, la referida metamorfosis que hizo las delicias de los caballeros de aquel tiempo, también incluyó a "el baile de a cartón de chevas", que hace alusión a la forma de cargar una caja de cervezas, sujetando la parte inferior para evitar que se desfonde.
Algo que no podemos pasar por alto al señalar la evolución que ha observado el negocio del “tubo“, es su estrecha relación con la industria del sexo, de tal forma que las damiselas, con el paso del tiempo, han adquirido nuevos usos y costumbres, e incluso, han adoptado las parafernalias de alcoba y la pornografía como una “obligación“ que les deja muchos miles de pesos.
De esta forma, hoy el negocio ya no se circunscribe únicamente a “fichar“ o quitarse la ropa, ya que en la actualidad varios antros ofrecen shows lésbicos y hasta “sexo en vivo“.
LAS REGLAS DE ORO
Aunque muchos clientes del table-dance acuden con la única finalidad de pasar un buen rato, existen algunos que sacan a relucir el galán que llevan dentro y en no pocas ocasiones han acabado curtidos a golpes por el personal de seguridad que cuida a las “bailarinas“.
Esto sin contar aquellos que terminan locamente enamorados y encaprichados con éstas, tejiendo desquiciadas historias de amor que duran lo que su cartera aguante.
Tomando en consideración lo provocativos que pueden ser los “espectáculos“, los parroquianos, al menos en muchas partes del Sureste mexicano, tienen estrictamente prohibido tocar a las “chicas“, aún y cuando éstas inciten a una que otra caricia durante su “variedad“.
De igual forma, los aplausos tienen mucho que ver (¿Se acuerda usted, amable lector, de la “mesa que más aplauda“?) y se han dado casos en donde las “estrellas“ se retiran al camerino sí éstos son muy pobres, “somos artistas y como tales deben tratarnos, nos estamos esforzando arriba del escenario y lo menos que pueden hacer los clientes es reconocernos“, decía “Dayana“, una “teibolera“ de la vieja guardia que en Mérida fue toda una sensación hace unos años.
Otra de las prohibiciones que todo asiduo a este tipo de espectáculos tiene que respetar es el no invitar cerveza a las damiselas, ya que éstas, al menos en la mayoría de los centros nocturnos, sólo están autorizadas para “fichar“ con licor de la casa, ese que algunos dicen que es “agua con coca“ o “agua con manzana“.
En lo que toca a los llamados “privados“, algunos sitios privilegian el consumo mínimo de una botella para ingresar y no limitan los “shows“ que la acompañante quiera realizar al afortunado que pueda pagar para estar a solas con ella.
Específicamente en la región, el “privado“ se utiliza más bien para intimar con la “bailarina“ (se dice que una sesión de sexo oral puede costar hasta 800 pesos en estos sitios) o para que ésta realice un “table“a algún cliente tímido, sin la mirada morbosa de los demás parroquianos, previo acuerdo económico con los meseros o la “mami“ o “el chuletas“, sobrenombre que se da a “la“ o “el“ maquillista y asistente personal de las bailarinas, .
DIVERSION MUY CARA
Trabajadores de varios antros coincidieron en señalar que los precios varían de acuerdo al lugar de que se trate, de tal forma que un “cubetazo“ de cervezas tiene un costo de 80 a 150 pesos; una botella de ron o de whisky, de 250 a mil 500 pesos; un “table“ de 100 a 300 pesos “en privado“; las “copas“ pueden ir de 80 hasta alrededor de 200 pesos, y finalmente, sí lo que se busca es tener sexo con alguna“bailarina“, la cantidad ha desembolsar pueder superar los 5 mil pesos, en razón de que primero que nada, se paga al antro por “sacar“ a la dama, y posteriormente ésta puede fijar un precio de hasta cuatro mil pesos dependiendo de su autoestima o de la “impresión“ que le haya causado su “amigo“ en turno.
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